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Recuerdos de un anciano

Note 4 — I.

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Era empeño de los granadinos, como suele serlo de todo pueblo cuando en él aparece una enfermedad pegadiza o transmisible de enfermos a sanos (para huir de las sutilezas a que da lugar decir contagiosa) negar que existía el mal, y calificar de enfermedades comunes los casos de él que ocurrían. Morla tenía razón en sustentar que había enfermos de la fiebre amarilla en Granada, pero sustentaba su causa con malos medios. De los infinitos versos con que los poetas o copleros granadinos le asaeteaban, algunos quedan en la memoria del anciano cuyos son estos recuerdos. Ya uno decía:

La fiebre amarilla Que reina en Granada Se pasea en coche, Anda por las plazas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Aparta, que viene, Mírale a la cara, ¡Qué gesto tan feo! ¡Qué zancas tan largas! Huid, granadinos, No os lleve a la zanja.

Ya otro glosando la anterior, decía:

Estimado amigo: En esta letrilla Voy a retratarte, ¡La fiebre amarilla! No la verdadera, De esa no hablo nada. Sí solo de aquella Que reina en Granada. Es más horrorosa Que una mala noche, Y todos los días Se pasea en coche.

Y así seguía la glosa, peor aún que lo glosado.

Otra composición era una colección de epitafios para el cementerio, algunos de ellos graciosos y todos satíricos. En uno de ellos, aludiendo a un médico favorecido de Morla, y, por supuesto, de los que daban por cierta la existencia de la fiebre amarilla, se decía:

Aquí, pecador cristiano, Reposan cuarenta y dos Pidiendo justicia a Dios Contra el médico Solano.

Y terminaba:

Del contagio imaginado Que tanto nos da que hablar, Ninguno en este lugar Todavía se ha enterrado.

Martínez de la Rosa, a la sazón muy joven, fue de los que (según cuentan) hicieron versos contra Morla.

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