Note 11 — CAPÍTULO XV
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Sin embargo, las obras históricas ojeadas en la biblioteca del confitero y algunos libros que pude proporcionarme después, despertaron mi afición a este orden de estudios, que sólo interesan a los jóvenes a condición de introducir en la narración pormenores descriptivos de batallas y elementos dramáticos y anecdóticos. Yo era entonces —lo he dicho ya— fervoroso patriota; por tanto, no extrañará que ciertos episodios de nuestra historia me pusieran de mal humor. Iniciativas que hoy disculparía teniendo en cuenta el ambiente moral de la época, el concepto patriarcal de la realeza y la pobre mentalidad de políticos y generales, causáronme entonces graves enojos.
Cierto que yo me entusiasmé con la epopeya —un poco lenta— de la Reconquista, la patriótica unión de los reinos peninsulares y el estupendo descubrimiento y conquista de América, donde tanto brillaron las épicas hazañas de Cortés, Pizarro, Almagro y Vasco Núñez de Balboa; pero me sacaban de quicio, exasperándome hasta lo indecible, las alteraciones y rebeldías constantes de prelados, nobles y municipios, y sobre todo la lenta y sistemática despañolización de la política de España con el advenimiento de los Austrias y su séquito de flamencos y alemanes. Yo, que no pude perdonar al habilísimo Fernando el Católico, tan alabado por Maquiavelo, su incomprensible desconfianza hacia el Gran Capitán (el único caudillo genial que tuvo España por entonces), menos había de perdonar al sombrío burócrata Felipe II, su manía de regir el mundo desde su butaca (en una época en que todos los reyes batían el cobre en el campo de batalla) y su imprevisión y ligereza al encargar el mando de la Invencible a un general de salón, sabiendo que tenía que habérselas con ingleses y holandeses, los mejores marinos del mundo. Mi fibra patriótica vibraba de indignación al advertir cómo nuestros reyes, haciendo gala de menosprecio o desconfianza hacia el talento hispano, confiaban casi siempre el mando de ejércitos y escuadras a caudillos extranjeros (marqués de Pescara, Alejandro Farnesio y Filiberto de Saboya), y nombraban al portugués Magallanes jefe de la gloriosa expedición que dió la vuelta al mundo.
¡Qué de glorias perdidas —pensaba yo— a consecuencia de esta incomprensible conducta!...