Note 120 — ÉGLOGA SEGUNDA
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A las orejas de algún purista acaso suene mal esta expresión, como a la de aquellos contemporáneos de Herrera que hubieran querido enmendar divinos oídos, «por parecerles que no significan orejas, en el sermón vulgar, sino las del asno... lo cual no es otra cosa que una solicitud demasiadamente curiosa y afectada, y que procede antes de inorancia, que del conocimiento de la fuerza y hermosura de nuestra habla... ¿Mas qué, merecen menos las orejas, varia y hermosísima parte de la composición humana, que las otras que constituyen el cuerpo? ¿No son ministras de nobilísima operación? ¿No es esta voz bien compuesta? El oído, ¿no es ajeno de la significación dellas? ¿Pues qué barbaria se ha introducido en los ánimos de los nuestros, que huyen como si fuese sacrilegio inespiable, el uso de esta dición?...» (Herrera, Anotaciones, 568-569.)