Note 27 — ION
Eduardo de Mier translation
Trofonio y Agamedes fueron dos hermanos, famosos arquitectos que edificaron el templo de Apolo en Delfos. Hirieo, rey de Orcómeno, los llamó para que construyesen su tesoro. Así lo hicieron, en efecto, aunque con tanta malicia que, de noche, por una puerta secreta, entraban en él y robaban a Hirieo. Súpolo este, que los cogió en un lazo, y Trofonio, para que su hermano no le descubriese, le cortó la cabeza y pudo huir con tan sangriento despojo, muriendo a poco en una caverna cerca de Lebadea (Beocia). Apolo, agradecido porque le había edificado su templo, le concedió el don de profetizar lo futuro. Pausanias cuenta (Beot., IX, 39) que cuando alguno quería consultarlo debía pasar muchos días purificándose en el templete o capilla de la Buena Dicha (δαίμονος ἀγαθοῦ καὶ τύχης). Bañábase en el arroyo llamado Hercina y solo comía carne consagrada de la que se sacrificaba a unos seis dioses, probada por un sacerdote para declarar si Trofonio lo recibiría benévola o agriamente. El ánimo y más solemne sacrificio era el de un carnero, que se inmolaba en un hoyo llamado Agamedes. Si los augurios eran favorables, llevábanlo a las aguas de Hercina, en donde dos muchachos de trece a catorce años lo ungían y lavaban; de allí lo llevaban los sacerdotes al nacimiento de dicho arroyo, en donde bebía nuevamente el agua del olvido y el de la memoria; después le enseñaban la estatua de Trofonio, obra de Dédalo, y la adoraba. Poníanle un saco de lino y le daban su calzado. El oráculo estaba en una montaña, y la caverna no era natural, sino obra de los hombres y regular su figura. Para bajar a ella tenía que valerse de una estrecha escalera y había de llevar en cada mano una torta hecha con miel. En esta caverna había un hoyo de una braza de alto y dos de ancho en donde se colocaba el curioso para conocer las respuestas de Trofonio, que consistían en visiones o en voces articuladas e inteligibles. Las tortas estaban destinadas a las culebras que se criaban allí. Recibíanlo los sacerdotes a la salida, que tardaba más o menos tiempo, y lo sentaban en la silla del recuerdo, preguntándole lo que había visto u oído. Entregábanlo luego al cuidado de sus servidores, los cuales le transportaban a la capilla de la Buena Dicha, en donde volvía en sí al cabo de algún tiempo.