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Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Note 18 — TEATROS

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Con gran dolor nuestro nos obliga el propio argumento de nuestro artículo á prescindir un momento de la gloria en favor del vil interés. Mucho tiempo hemos considerado si deberíamos hacer mérito del interés. Ciertamente que en un poema épico sería un pobrísimo episodio, y en una oda estaría tan mal colocado como el hospital en las Delicias. Pero en un papelucho de poco lucimiento y de menos provecho, en boca de un Hablador y de un Pobrecito, nos parece que está tan perfectamente como una pedrada en el ojo de un boticario, y no ignora el vulgo, en cuya boca anda este caritativo refrán, la exactitud de nuestra comparación. Maguer que pobrecitos bien traslucimos que los poetas que más gloria han alcanzado han comido, y no se nos diga que ésta es una paradoja. No pocas veces se complacía Homero en la descripción de los más suculentos banquetes; Horacio se burla amargamente de un mal convite. De nuestro Cervantes juramos que escribió con más que mediana hambre y apetito el capítulo de las bodas de Camacho. No hablemos de Anacreonte y de todos sus discípulos, porque sabido es que éstos han trocado siempre por una gota del zumo del Liéo todo el jugo que puede dar el arbusto de Dafne. Sabemos cuánto apreciaba nuestro Villegas el ruido de las castañas y el buen aloque, y en qué consideración tenía Baltasar de Alcázar la oronda morcilla, que nunca le dejó acabar su cuento. En fin, de los poetas bucólicos sabremos decir que no ha habido uno que no haya encumbrado á las nubes la dulce miel y la blanca leche. Así pues, sostendremos á la faz de los partidarios de la aérea fama póstuma, á quienes parezca mal la ruin dirección que toman nuestras habladurías, que si los grandes poetas no han escrito para comer, á lo menos han comido para escribir.

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