Note 2 — Epílogo
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Vivirán probablemente aún nuestros conocidos del pueblo de San Diego, si es que no se han muerto en la explosión del vapor «Lipa», que hacía el viaje á la provincia. Como nadie se cuidó de saber quiénes fueron los infelices que en aquella catástrofe murieron, á quiénes pertenecieron las piernas y brazos desparramados en la isla de la Convalecencia y en las orillas del río, ignoramos por completo si entre ellos iba algún conocido de nuestros lectores. Estamos satisfechos, como el gobierno y la prensa de entonces, con saber que el único fraile que en el vapor estaba se ha salvado y no pedimos más. Lo principal para nosotros es la vida de los virtuosos sacerdotes, cuyo reinado en Filipinas conserve Dios para bien de nuestras almas2.