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Noli me tángere

Note 1 — Epílogo

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Ninguno de nuestros lectores reconocería ahora á capitán Tiago si le viese. Ya semanas antes de profesar María Clara cayó en un estado de abatimiento tal, que empezó á enflaquecer y á ponerse muy triste, meditabundo y desconfiado, como su examigo, el infeliz capitán Tinong. Tan pronto como las puertas del convento se cerraron, ordenó á su desconsolada prima, la tía Isabel, recogiese cuanto á su hija y difunta esposa había pertenecido, y se fuese á Malabón ó San Diego, pues quería vivir solo en adelante. Dedicóse al liampó y á la gallera con furia, y empezó á fumar opio. Ya no va á Antipolo, ni manda decir misas; doña Patrocinio, su vieja competidora, celebra piadosamente su triunfo, poniéndose á roncar durante los sermones. Si alguna vez, al caer de la tarde, os paseáis por la primera calle de Santo Cristo, veréis, sentado en la tienda de un chino, un hombre pequeño, amarillo, flaco, encorvado, con los ojos hundidos y soñolientos, labios y uñas de un color sucio, mirando á la gente como si no la viese. Al llegar la noche le veréis levantarse con trabajo, y, apoyado en un bastón, dirigirse á una estrecha esquinita, entrar en una sucia casucha, encima de cuya puerta se lee en grandes letras rojas: FUMADERO PÚBLICO DE ANFION1. Este es aquel capitán Tiago tan célebre, hoy completamente olvidado, hasta del mismo sacristán mayor.

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