Note 3 — VII Idilio en una azotea
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—Yo no he viajado como tú; no conozco más que tu pueblo, Manila y Antipolo,—contesta ella sonriendo, pues cree todo cuanto él le cuenta,—pero desde que te dije adiós, y entré en el beaterio, me he acordado siempre de tí, y no te he olvidado por más que me lo ha mandado el confesor, imponiéndome muchas penitencias. Me acordaba de nuestros juegos, de nuestras riñas cuando éramos niños. Escogías los más hermosos sigüeyes3 para jugar al siklot4; buscabas en el río las más redondas y finas piedrecitas de diferentes colores para que jugásemos al sintak; tú eras muy torpe, perdías siempre y por castigo te daba el bantil5 con la palma de mi mano, pero procuraba no pegarte fuerte, pues te tenía compasión. En el juego de la chonka6 eras muy tramposo, más aún que yo, y solíamos acabar á arrebatiña. ¿Te acuerdas de aquella vez cuando te enfadaste de veras? Entonces me hiciste sufrir, pero después, cuando me acordaba de ello en el beaterio, sonreía, te echaba de menos para reñir otra vez ... y hacer las paces en seguida. Eramos aún niños: fuimos con tu madre á bañarnos en aquel arroyo bajo la sombra de los cañaverales. En las orillas crecían muchas flores y plantas cuyos extraños nombres me decías en latín y en castellano, pues entonces ya estudiabas en el Ateneo. Yo no te hacía caso; me entretenía en ir detrás de las mariposas y libélulas, que tienen en su cuerpo fino como un alfiler todos los colores del arco iris y todos los reflejos del nácar, que pululan y se persiguen unas á otras entre las flores; á veces con las manos quería sorprender, coger los pececillos, que se deslizan rápidos entre el musgo y las pedrezuelas de la orilla. De pronto desapareciste, y cuando volviste traías una corona de hojas y flores de naranjo que colocaste sobre mi cabeza, llamándome Cloe; para tí hiciste otra de enredaderas. Pero tu madre cogió mi corona, la machacó con una piedra mezclándola con el gogo7 con que nos iba á lavar la cabeza; se te saltaron las lágrimas de los ojos y dijiste que ella no entendía de mitología:—«¡Tonto!—contestó tu madre,—verás qué bien olerán después vuestros cabellos.»—Yo me reí, te ofendiste, no me quisiste hablar, y el resto del día te mostraste tan serio, que á mi vez tuve ganas de llorar. De vuelta al pueblo, y ardiendo mucho el sol, cogí hojas de salvia que crecía á orillas del camino, te las di para que las pusieses dentro de tu sombrero y no tuvieses dolor de cabeza. Sonreiste, entonces te cogí de la mano é hicimos las paces.