← Table of contents
Noli me tángere

Note 2 — VII Idilio en una azotea

Reading edition

—¿Podría yo olvidarte?—contesta mirando embelesado en las negras pupilas de ella:—¿podría yo faltar á un juramento sagrado? ¿Te acuerdas de aquella noche tempestuosa en que tú, viéndome solitario llorar junto al cadáver de mi madre, te acercaste á mí, me pusiste la mano sobre el hombro, tu mano que hacía tiempo ya no me dejabas que cogiese, y me dijiste: «Has perdido á tu madre, yo nunca la tuve...» y lloraste conmigo? Tú la querías y ella te quería como á una hija. Fuera llovía y relampagueaba, pero me parecía oir música, ver sonreir el pálido rostro del cadáver... ¡oh, si mis padres vivieran y te contemplaran! yo entonces cogí tu mano y la de mi madre, juré amarte, hacerte feliz, sea cualquiera la suerte que el cielo me deparase, y como este juramento no me ha pesado nunca, ahora te lo renuevo. ¿Podía yo olvidarte? Tu recuerdo me ha acompañado siempre, me ha salvado de los peligros del camino, ha sido mi consuelo en la soledad de mi alma en los países extranjeros; tu recuerdo ha neutralizado el efecto del loto de Europa, que borra de la memoria de muchos las esperanzas y la desgracia de la Patria. En sueños te veía de pie en la playa de Manila, mirando al lejano horizonte, envuelta en la tibia luz de la temprana aurora; oía un lánguido y melancólico canto, que despertaba en mí adormecidos sentimientos y evocaba en la memoria de mi corazón los primeros años de mi niñez, nuestras alegrías, nuestros juegos, todo el pasado feliz que animaste mientras estabas en el pueblo. Me parecía que eras el hada, el espíritu, la encarnación poética de mi Patria, hermosa, sencilla, amable, candorosa, hija de Filipinas, de ese hermoso país que une á las grandes virtudes de la Madre España las bellas cualidades de un pueblo joven, como se reune en tu sér todo lo hermoso y bello, patrimonio de ambas razas2; y por esto tu amor y el que profeso á mi Patria se funden en uno solo... ¿Podía olvidarte? Varias veces creía escuchar los sonidos de tu piano y los acentos de tu voz, y siempre que en Alemania, á la caída de la tarde, cuando vagaba por los bosques, poblados por las fantásticas creaciones de sus poetas y las misteriosas leyendas de sus pasadas generaciones, evocaba tu nombre, creía verte en la bruma que se levanta del fondo del valle, creía oir tu voz en los susurros de las hojas; y cuando los aldeanos, volviendo del trabajo, dejaban oir desde lejos sus populares cantos, se me figuraba que armonizaban con mis voces interiores, que cantaban para tí, y daban realidad á mis ilusiones y ensueños. A veces me perdía en los senderos de las montañas, y la noche, que allí desciende poco á poco, me encontraba aún vagando, buscando mi camino entre pinos, hayas y encinas; entonces, si algunos rayos de luna se deslizaban por entre los claros del ramaje, me parecía verte en el seno del bosque como una vaga, enamorada sombra oscilar entre la luz y las tinieblas de la espesura; y si acaso el ruiseñor dejaba oir sus variados trinos, creía que era porque te veía y tú le inspirabas. ¡Si he pensado en tí! ¡La fiebre de tu amor no solamente animaba á mi vista la niebla, sino que además coloreaba el hielo! En Italia, el hermoso cielo de Italia por su limpidez y profundidad me hablaba de tus ojos; su risueño paisaje me hablaba de tu sonrisa, como las campiñas de Andalucía con su aire saturado de aromas, poblado de recuerdos orientales, llenos de poesía y colorido, me hablaban de tu amor. En las noches de luna, de aquella soñolienta luna, bogando en una barca en el Rhin, me preguntaba si acaso no podría engañar á mi fantasía para verte entre los álamos de la orilla, en la roca de la Lorelay ó en medio de las ondas, cantando en el silencio de la noche, como la joven hada de los consuelos, para alegrar la soledad y la tristeza de aquellos arruinados castillos!

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings