Note 3 — XXV En casa del filósofo
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—¿Por qué no hemos de hacer lo que ese débil tallo, cargado de rosas y capullos?—dijo el filósofo, señalando un hermoso rosal.—El viento sopla, le sacude, y él se inclina como ocultando su preciosa carga. Si el tallo se mantuviese recto, se rompería, el viento esparciría las flores, y los capullos se malograrían. El viento pasa y el tallo vuelve á erguirse, orgulloso con su tesoro: ¿quién le acusará de haberse plegado ante la necesidad? Allá vea usted aquel gigantesco kupang3, que mueve majestuosamente su aéreo follaje donde anida el águila. Lo traje del bosque débil planta; con delgadas cañas sostuve su tallo durante meses. Si lo hubiera traído grande y lleno de vida, á buen seguro que aquí no habría vivido: el viento le habría sacudido antes de que sus raíces se pudiesen fijar en el terreno, antes que éste se afirmase á su alrededor y le proporcionase el debido sustento para su tamaño y altura. Así terminará usted, planta trasplantada de Europa á este suelo pedregoso, si no busca apoyo y se empequeñece. Usted está en malas condiciones, solo, elevado: el terreno vacila, el cielo anuncia tempestad y la copa de los árboles de su familia se ha probado que atrae el rayo. No es valor, sino temeridad combatir solo contra todo lo existente; nadie tacha al piloto que se acoge á un puerto á la primera ráfaga de tormenta. Bajarse cuando pasa la bala no es cobardía; lo malo es desafiarla para caer y no volverse á levantar.