Note 1 — XXV En casa del filósofo
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—¡Nadie ama la verdad desnuda por eso!—replica el viejo.—Eso es bueno en teoría, factible en el mundo que la juventud sueña. Ahí está el maestro de escuela que se ha agitado en el vacío; corazón de niño que quiso el bien y sólo recogió burla y carcajadas. Usted me ha dicho que es extranjero en su país, y lo creo. Desde el primer día de su llegada, empezó usted por herir el amor propio de un religioso, que tiene fama de santo entre la gente y de sabio entre los suyos. Dios quiera que este paso no haya decidido de su porvenir. No crea usted que porque los dominicos y agustinos miran con desprecio el hábito de guingón1, el cordón y el indecente calzado; porque haya recordado una vez un gran doctor de Santo Tomás que el papa Inocencio III había calificado los estatutos de esta orden como más propios para puercos que para hombres, no se dan todos ellos la mano para afirmar lo que un procurador decía: «El lego más insignificante puede más que el gobierno con todos sus soldados.» Cave ne cadas2. El oro es muy poderoso; el becerro de oro ha derribado muchas veces á Dios de sus altares, y ya desde los tiempos de Moisés.