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Noli me tángere

Note 1 — XIV Tasio el loco ó el filósofo

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Pero veamos ahora cómo pudo pasar al catolicismo esta idea que no existía ni en la Biblia ni en los Santos Evangelios. Ni Moisés ni Jesucristo hacen la más pequeña mención de él, y el único pasaje que citan de los Macabeos es insuficiente, además de que este libro fué declarado por el concilio de Laodicea apócrifo, y la Santa Iglesia Católica sólo lo ha admitido con posterioridad. La religión pagana tampoco tenía nada que se pareciese á él. El pasaje tan citado de Virgilio de Aliæ panduntur inanes1, que diera ocasión á S. Gregorio el Grande para hablar de almas ahogadas, y á Dante para otro relato en su «Divina Comedia», no puede ser el origen de esta creencia. Ni los bramines, ni los budhistas, ni los egipcios, que dieron á Grecia y Roma su Caronte y su Averno, tenían nada que se pareciese á esta idea. No hablo ya de las religiones de los pueblos del Norte de Europa: estas religiones de guerreros, bardos y cazadores, pero no de filósofos, si bien conservan aún sus creencias y hasta ritos cristianizados, no han podido acompañar á sus hordas en los saqueos de Roma ni sentarse en el Capitolio: religiones de las brumas, se disipaban al sol del mediodía.—Pues bien, los cristianos de los primeros siglos no creían en el Purgatorio: morían con esa alegre confianza de ver en breve cara á cara á Dios. Los primeros padres de la Iglesia que al parecer lo mencionaron, fueron san Clemente de Alejandría, Orígenes y san Ireneo, quizás influídos por la religión zarathustriana, que entonces florecía aún y estaba muy extendida por todo el Oriente, pues nosotros leemos á cada paso reproches al orientalismo de Orígenes. San Ireneo probaba su existencia por el hecho de haber permanecido Jesucristo «tres días en las profundidades de la tierra», tres días de Purgatorio, y sacaba de esto que cada alma debía permanecer en él hasta la resurrección de la carne, por más que en esto el Hodie mecum eris in Paradiso2 parece contradecirle. San Agustín habla también del Purgatorio, pero, si no afirma su existencia, no la cree sin embargo imposible, suponiendo que podrían continuarse en la otra vida los castigos que en ésta recibimos por nuestros pecados.

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