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Noli me tángere

Note 2 — XIII Presagios de tempestad

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Pero el joven no se fijaba en estas alegrías que ofrece la vuelta al antiguo hogar: tenía sus ojos clavados en la figura de un sacerdote, que avanzaba en dirección contraria. Era el cura de San Diego, aquel meditabundo franciscano que vimos, el enemigo del alférez. El aire plegaba las anchas alas de su sombrero; el hábito de guingón se aplastaba y amoldaba á sus formas, marcando unos muslos delgados y algo estevados. En la diestra llevaba un bastón de palasán2 con puño de marfil. Era la primera vez que Ibarra y él se veían.

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