Note 1 — XIII Presagios de tempestad
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Ibarra iba descubierto; de sus ojos no brotaba una lágrima, de su pecho no se escapaba un suspiro. Andaba como si huyese de alguno, acaso de la sombra de su padre, acaso de la tempestad que se aproximaba. Atravesó el pueblo dirigiéndose hacia las afueras, hacia aquella antigua casa que desde hace muchos años no había vuelto á pisar. Rodeada de un muro donde crecen varios cactus, parecía que le hacía señas: las ventanas se abrían: el ilang-ilang1 se balanceaba agitando alegremente sus ramas, cargadas de flores; las palomas revoloteaban alrededor del cónico techo de su vivienda, colocada en medio del jardín.