Note 4 — XI Los soberanos
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Para hacerle daño prohibió el militar, inspirado por su señora, que nadie paseara arriba de las nueve de la noche. Doña Consolación pretendía haber visto al cura, disfrazado con camisa de piña y salakot de nitô4, pasearse á altas horas de la noche. Fr. Salví se vengaba santamente: al ver al alférez entrar en la iglesia, mandaba disimuladamente al sacristán cerrar todas las puertas, y entonces se subía al púlpito y empezaba á predicar hasta que los santos cerraban los ojos, y le murmuraba ¡por favor! la paloma de madera sobre su cabeza, la imagen del Espíritu divino. El alférez, como todos los impenitentes, no por eso se corregía: salía jurando y tan pronto como podía pillar á un sacristán ó un criado del cura, le detenía, le zurraba, le hacía fregar el suelo del cuartel y el de su propia casa, que entonces se ponía decente. El sacristán, al ir á pagar la multa, que el cura le imponía por su ausencia, exponía los motivos. Fr. Salví le oía silencioso, guardaba el dinero, y por de pronto soltaba á sus cabras y carneros para que fuesen á pacer en el jardín del alférez, mientras buscaba un tema nuevo para otro sermón mucho más largo y edificante. Pero estas cosas no eran obstáculo ninguno, para que, si después se veían, se diesen la mano y se hablasen cortesmente.