Note 2 — XI Los soberanos
Reading edition
Fray Bernardo Salví era aquel joven y silencioso franciscano de que ya hemos hablado antes. Por sus costumbres y modales distinguíase mucho de sus hermanos y más aún de su predecesor, el violento P. Dámaso. Era delgado, enfermizo, casi constantemente pensativo, estricto en el cumplimiento de los deberes religiosos y cuidadoso de su buen nombre. Un mes después de su llegada, casi todos se hicieron hermanos de la V. O. T.2, con gran tristeza de su rival, la Cofradía del Santísimo Rosario. El alma saltaba de alegría al ver en cada cuello cuatro ó cinco escapularios y en cada cintura un cordón con nudos, y aquellas procesiones de cadáveres ó fantasmas con hábitos de guingón. El sacristán mayor se hizo un capitalito vendiendo ó dando de limosna, que es como se debe de decir, todos los objetos necesarios para salvar el alma y combatir al diablo: sabido es que este espíritu, que antes se atrevía á contradecirle á Dios mismo cara á cara, dudando de sus palabras, como se dice en el libro santo de Job; que llevó por los aires á N. S. Jesucristo, como después en la Edad Media con las brujas, y continúa, dicen, haciéndolo aún con los asuang3 de Filipinas, parece que hoy se ha vuelto tan vergonzoso, que no puede resistir la vista de un paño en que hay pintados dos brazos y teme los nudos de un cordón; pero esto no prueba otra cosa sino que se progresa también por este lado, y el diablo es retrógrado ó al menos conservador como todo el que vive en las tinieblas, si no quiere que le atribuyamos debilidades de doncella de quince años.