Note 15 — I
Reading edition
He aquí la traducción castellana de la carta de Pío II:
«Amado hijo: Cuando hace cuatro días se juntaron en los jardines de Juan de Bichis algunas damas de Siena entregadas a la mundana vanidad, olvidaste, según hemos sabido, la dignidad del cargo que desempeñas y te entretuviste con ellas desde las 17 hasta las 22. Tuviste por compañero a quien la edad, si no el honor de la Santa Sede, hubiera debido recordarle su deber[*]. Hemos oído que se bailó disolutamente, sin omitir ninguno de los atractivos del amor, y que tu conducta fué la de cualquier joven mundano. Lo que allí ocurrió el pudor obliga a callarlo, porque no sólo el hecho, sino hasta el nombre es indigno de tu posición. Los maridos, padres, hermanos y parientes de aquellas damas, casadas y solteras, no fueron admitidos, para que vuestro placer pudiese ser más desenfrenado. Os encargasteis, con pocos criados, de dirigir y de animar los bailes. No se habla hoy en Siena sino de tu ligereza, que anda hoy en boca de todos. Es verdad que en estos baños donde es grande el concurso de clérigos y seglares eres la fábula de todos. Es indecible nuestro disgusto porque esto redunda en desdoro del oficio y dignidad sacerdotal. Se dirá que nos enriquecemos y encumbramos, no para vivir honestamente, sino para procurarnos los medios de satisfacer nuestros antojos. De ahí el desprecio de los Príncipes y de las Potencias y el cotidiano sarcasmo de los legos. De ahí que se nos eche en cara nuestra manera de vivir cuando reprendemos la de los demás, y que las censuras alcancen al Vicario de Cristo porque tolera tales cosas.
[*] Mons. de Robau.
»Tú, hijo amado, estás a la cabeza de la diócesis de Valencia, la primera de España; eres, además, Canciller de la Iglesia, y, lo que hace más reprensible tu conducta, figuras entre los Cardenales que con el Papa forman el Consejo de la Santa Sede. Dejamos a tu juicio si conviene a tu dignidad el cortejar doncellas, el enviar fruta y vino a tu predilecta y el pasar el día sin pensar más que en solazarte deleitosamente. Por culpa tuya se nos censura y padece la memoria de tu tío Calixto que, a juicio de muchos, hizo mal en cubrirte de tantos honores. Si buscas excusas con la edad, no eres tan joven que no puedas comprender los deberes que tu dignidad te impone. El Cardenal debe ser irreprensible y modelo de conducta moral a los ojos de todos. ¿Podremos, acaso, enojarnos si los Príncipes de la tierra nos dan calificativos poco honrosos, si nos disputan la posesión de nuestros bienes y nos obligan a someternos a sus mandatos, cuando somos nosotros mismos los que nos inferimos estas heridas y los que nos aparejamos estos males, menoscabando, cada vez más, con nuestras acciones, la autoridad de la Iglesia? Nuestro castigo en este mundo es la vergüenza, y en el otro el consiguiente padecer. Ponga tu prudencia coto a estas vanidades y tenga presente tu dignidad, para evitar que ganes fama de pisaverde entre las damas. Si tales hechos se repitieran Nos veríamos obligados a hacer ver que ocurren sin nuestra aprobación, antes bien, muy a pesar nuestro, y nuestra censura no te favorecería. Siempre te hemos querido y te hemos creído digno de nuestra protección porque parecías hombre serio y morigerado. Haz de modo que podamos seguir teniendo de ti la misma opinión y nada contribuirá más a ello que el llevar una vida más seria. Tu edad, que promete todavía mejora, nos permite amonestarte paternalmente.
»Petriolo, 11 de Junio de 1460.»