Note 260 — LIBRO TERCERO.
Bartomeu Pou i Puigserver translation
No será impropio de este lugar reducir a un punto de vista la historia de la antigua Etiopía esparcida por varios escritores. El nombre de etíopes se extendía a los escitas del Araxes, a los árabes de una y otra orilla del Mar Rojo, a los africanos de la Libia interior, y a los abisinios o etíopes propios de quienes nos ocupamos. Descendientes de Habaschi, hijo de Chus, que pasando el estrecho de Bab-el-Mandeb dio el nombre a su nación y a su país, estuvieron al principio divididos en varios reinos, que Plinio hace subir a 45, entre los cuales eran los más poderosos los de Méroe y Auxumis, dilatándose el primero hasta la Tebaida; contra el cual dicen se dirigió la famosa expedición de Moisés como general de Faraón. No es improbable que la reina de Saba que visitó a Salomón fuese soberana a un tiempo de los egipcios y etíopes, y que tuviera de Salomón un hijo de quien descendían los antiguos reyes de Etiopía. Según pretenden los abisinios, hubo también en Méroe diversas reinas con el nombre de Candace, de una de las cuales era ministro el eunuco bautizado por San Felipe. Reunidos los etíopes en un mismo imperio por Sesostris, que será acaso el Sesac de la Escritura, tuvieron sus conquistadores, como Zara, derrotado por Asá, rey de Judá, al frente de un millón de soldados, y como el ya conocido Sabacón, llamado Sua o Taraca en la Biblia, hasta que el asirio Asaraddon, para vengar la derrota de su padre Senaquerib, se apoderó del Egipto y de la Etiopía, donde reinó tres años con mucha crueldad. No se sabe más de los etíopes hasta Ciro, cuyos sucesores solo dominaron algunos etíopes confinantes con Egipto. Ptolomeo Evergetes penetró más tarde hasta Auxumis, y los romanos entraron alguna vez en Etiopía; pero fueron efímeras y nada estables sus conquistas.