Note 111 — III Continúa la materia antecedente
Reading edition
El Emperador de la China, con un ceremonial patético, no desdeñaba (hasta ayer no más, en que el Imperio transformóse en República) labrar la tierra con sus propias manos: cada año al celebrarse una fiesta señalada, daba á sus súbditos, este hermoso ejemplo. Al efecto, en el templo más grande de Pekín, ofrecía préviamente un sacrificio al dios de la Madre Tierra, en seguida, revestíase de un traje de labrador, y conduciendo una yunta de bueyes con las astas doradas y atádos á un arado de plata pintado de carmesí con filetes dorados, abría surcos en una pequeña extensión de terreno del recinto de ese mismo templo. Durante su trabajo, la Emperatriz, acompañada de sus damas de honor, en un departamento inmediato, preparaba una frugal colación, que le llevaba y tomaba en su compañía. Los antiguos Chinos instituyeron esta ceremonia para recordar á sus monarcas, que las rentas públicas sobre las que se funda su poder, provienen del trabajo y sudor del pueblo, y que no deben ser invertidas en el fausto y el despilfarro, sino aplicadas á las necesidades del Estado.
Llama mucho la atención la analogía de ese ceremonial con el celebrado por los Emperadores Peruanos; hecho que dá fundado márgen para suponer que la civilización incáica deribabá de la China, y que los Incas practicaban ese ceremonial con idéntico fin que los monarcas del Celeste Imperio, es decir, tanto para dar á sus súbditos el ejemplo de que deben dedicarse al trabajo de la agricultura, cuanto para simbolizar que el producto de ese trabajo debe emplearse en las necesidades de la comunidad únicamente.