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History of Civilization in England, Vol. 2 of 3

Note 1295 — Chapter VIII

Reading edition

In a recent work of considerable authority, it is denied that Philip II. entertained the desire of expelling the Moriscoes. ‘El carácter austero y la severidad de Felipe II. redundaban en favor de los moriscos, porque no daba oidos á las instigaciones de algunos personajes que señalaban la expulsion general como unico remedio eficaz para los males que ofrecia al pais aquella desventurada raza. Acababa el monarca de tocar los tristes resultados de una emigracion por las funestas consecuencias de la despoblacion del reino granadino, y preferia continuar en la senda de la conciliacion, procurando de nuevo la enseñanza de los conversos.’ Janer, Condicion de los Moriscos, Madrid, 1857, p. 59. But to say nothing of the fact that this is contrary to all we know of the character of Philip, we have, on the other side of the question, the testimony of Archbishop Ribera, who had often communicated with the King on the subject, and who distinctly states that Philip desired the expulsion of the Moors from Spain, ‘El hechar los Moros deste Reyno, ha sido cosa muy desseada, y procurada por los Reyes Predecessores del Rey nuestro Señor, aunque no executada.’ … ‘El Rey Don Felipe Segundo, nuestro Señor, despues de suceder en estos Reynos, tuvo el mismo desseo; y assi mandó, que se juntassen los Prelados deste Reyno para buscar remedio el año de 1568; siendo Arçobispo desta Metropoli el Reverendissimo Don Hernando de Lloazes. Hizieronse en aquella Junta algunas Constituciones de consideracion. Visto que no aprovechaban, mandó el año 1587 que se hiziesse otra Junta, en la qual me hallé yo: añadimos tambien algunas nuevas Constituciones. Y constando á su Magestad que no eran bastantes las diligencias passadas, y que siempre perseveraban en su heregia, se resolvio de mandarlos hechar del Reyno, ó por lo menos meterlos dentro de la tierra.’ Ximenez, Vida de Ribera, Roma, 1734, 4to. pp. 419, 420. This important passage is decisive as to the real feelings of Philip, unless we assume that Ribera has stated a deliberate falsehood. But, strange to say, even the book in which so remarkable a passage is contained, appears to be unknown either to M. Janer or to M. Lafuente.

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