Note 21 — LIBRO PRIMERO. (continued 2)
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P. 59, l. 30. Emperador perpetuo. Para comprender el valor de estas palabras es indispensable conocer el sistema que regia en las aulas. Los alumnos que á ellas concurrian hallábanse divididos en dos bandos, Romanos y Cartagineses, ó bien Griegos y Troyanos. Uno de los lados del aula se distinguia con el nombre de Roma, y el opuesto con el de Cartago, y estos nombres, escritos en sendas tablillas, campeaban en la pared correspondiente, viéndose debajo de aquellas una abrazadera de hierro, destinada á sostener la bandera ó pendon en que estaba pintada la imágen de la patrona del aula, que lo era generalmente Santa Catalina. Ademas habia otra tablilla que tenia escrita la palabra Victor, la cual se colgaba en la abrazadera destinada á sostener el pendon. En el testero del aula un pequeño estrado, y en él tres sillones, de los cuales el del centro algo mas elevado: este destinado al Emperador; aquellos á los dos Censores. Llegado el último dia lectivo de la semana, hacíase repaso general de cuanto se habia aprendido durante la misma, preguntando el primero el dómine ó maestro al Emperador; este al Censor de Roma; este al de Cartago; este al primer muchacho del bando romano; este al primero del cartaginés, y así sucesivamente hasta llegar al último de la clase. El maestro iba notando las faltas cometidas por los alumnos de cada bando al contestar las preguntas, y segun el resultado, el estandarte, con la tablilla del Victor, se colocaba al lado del vencedor, es decir del que habia cometido menor número de errores. Despues de esto se desafiaban los muchachos mas adelantados dirigiéndose preguntas y proponiéndose cuestiones difíciles, y el que daba mayores pruebas de conocimiento ocupaba el sillon del Emperador, y los dos que en saber le seguian, los de los censores de Roma y Cartago. El que habia ganado la plaza de Emperador, recibia del dómine otra tablilla ó Victor, con la cual se iba á casa de sus padres, con la satisfaccion que se deja comprender, no quedando ellos ménos gozosos y satisfechos, principalmente si eran gente acomodada; mas, si eran de escasa fortuna, habrian de muy buena gana perdonado el bollo por el coscorron, ya que el sábado siguiente, al devolver el muchacho el emblema de su victoria, debia acompañarlo de alguna golosina ó garambaina, con la cual el dómine solia obsequiar á la señora de sus pensamientos, y si no la tenia, vendiendo el regalillo acrecentaba su mísero caudal.