Note 24 — CARLOS SALAZAR 1832-1865
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He aquí las cartas de despedida de Salazar y Villagómez:
Uruapan, Octubre 20 de 1865.—Idolatrada madre: Son las siete de la noche y acabamos de ser sentenciados el general Arteaga, el coronel Villagómez, otros tres jefes y yo. Mi conciencia está tranquila; bajo á la tumba á los treinta y tres años, sin que haya una sola mancha en mi carrera militar, ni el menor borrón en mi nombre. No llores, mamá, ten conformidad, pues el único delito de tu hijo consiste en haber defendido una causa sagrada: la independencia de su patria. Por este motivo se me va á fusilar. No tengo dinero, porque nada he podido ahorrar. Te dejo sin recursos, pero Dios es grande y te socorrerá lo mismo que á mis hijos, quienes con orgullo llevan mi nombre......
Conduce, querida mamá, á mis hijos y hermanos por el sendero del honor, porque el patíbulo no puede manchar los nombres de los leales.
¡Adiós, madre querida! En la tumba recibiré tus bendiciones. Da un abrazo por mi á mi querido tío Luis, á Tecla, Lupe é Isabel: así como á mi tocayo, á Carmelita, Cholita y Manuelita; dales muchos besos y el adiós que les envío desde lo más profundo de mi alma. Dejo á la primera mi reloj dorado, y á Manuel cuatro trajes. Muchas memorias á mis tíos, tías, primos y á todos los amibos fieles, y tú, madre mía, recibe el último adiós de tu afectísimo y obediente hijo que tanto te ama.—Carlos Salazar.—Sra. Mercedes Ruiz de Castañeda.
Aumento.—Si cambia la situación, como creo que cambiará, deseo que descansen mis cenizas al lado de las de mis hijos en nuestro pueblo.
Uruapan, Octubre 20 de 1865.—Querido papá: Empleo mis últimos momentos para dirigir á Ud. estas cuantas líneas. Deseo legar á mi familia un nombre honroso; he procurado hacerlo, defendiendo la causa que abracé, pero no lo he logrado. ¡Paciencia! Pero no creo que se avergonzará Ud. de reconocer á un hijo que jamás se ha desviado de la senda que tan honradamente le trazara Ud. por medio de excelentes consejos y de buenos ejemplos. Siempre me he manejado con honradez y no tengo remordimiento de conciencia. Me he conducido como hombre de bien, y no me pesa; nadie puede quejarse de mi, porque á nadie he perjudicado. Confío en que esto formará algún consuelo para su pesar y que fundará algún orgullo en mi memoria, pura y sin mancha alguna. Muero conforme.
Sírvase Ud. dar mi último adiós á mi hermano y á todos mis amigos, reservando para Ud. el corazón de su hijo sacrificado en aras de su patria.—T. Villagómez.—Sr. D. Miguel Villagómez.