Note 487 — TRANCO VIII
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Para el señor Bonilla, andar el cedazo es «lo mismo que adivinar por tela de cedazo», especie que quiso justificar con el Diccionario de autoridades, según el cual es «el ejercicio de la arte mágica, cuando el demonio hace que los profesores de esta diabólica ciencia, mirando por un cedazo, vean las cosas que están muy distantes, ocultas, o por venir, a lo cual llamó la gentilidad coscinomancia». Pero no sólo ahí está la frase con que el señor Bonilla intentó explicar lo de andar el cedazo: «adivinar por tela cedaço—dice Covarrubias, art. cedaço—es dezir lo que claramente se ve y se entiende ser assi, porque como dize otro Proverbio, muy ciego es el que no ve por tela de cedaço.» Con todo esto, pues ver uno una cosa por tela de cedazo significa, según el léxico actual de la Academia, «verla o entenderla confusamente, o juzgarla, no como es en sí, sino como se la presenta su pasión o preocupación», voy a demostrar que en este punto el Diccionario de autoridades y cuantos le han seguido vieron por tela de cedazo. Con acudir a nuestra literatura bastaría, y aun sobraría mucho, para convencerse de que andar el cedazo no es ni lejano pariente de adivinar, ni de ver, por tela de cedazo, y aun el mencionárselo casi siempre con el echar las habas da, por sí solo, clara sospecha de ser otra especie de sortilegio. Cervantes, en la cantaleta del acto I de El Rufián dichoso:
«...La que en darse a sí excedió a las godeñas más francas; la que echa por cinco blancas las habas y el cedacillo....»
Tirso de Molina, en el acto 1 de En Madrid y en una casa:
«MAJUELO. ¡Lo de Toledo ha sabido también! ¡Vive Dios que ha habido haba y cedazo!»
Y Ruiz de Alarcón, en el acto II de La Cueva de Salamanca:
«LUCÍA. ¿Hay alguna que no tenga, si ausente o celosa está, un poco de echar las habas y un mucho de conjurar el cedacillo, el rosario (que de eso les sirve ya) el chapín y la tijera, espejo de agua o cristal....»
Pero si estos ejemplos indican sobradamente que lo del cedazo era un sortilegio, que jamás podría hacerse mirando al través de la tela, estotras citas demostrarán muy claro que tal sortilegio se hacía moviendo o moviéndose, el cedazo, cosa que ya se echaba de ver por la expresión andar el cedazo, usada por Vélez de Guevara. Agustín de Rojas, en el libro I de El Viaje entretenido, cuenta que las hechicerías de una vieja su amiga vinieron a parar en que la encorozaron, y después, ida a Antequera, «cogiéronla haciendo bailar un cedazo y echando unas habas, y diéronle otros doscientos tocinos». Mateo Alemán dice en su Guzmán de Alfarache, parte II, libro III, cap. III: «Respóndame por vida de sus ojos..., si pasando la raya sin rebozo ni temor de Dios, no dejó cedazo con sosiego, ni habas en su lugar, que todo no lo hizo bailar, por malos medios y con palabras detestadas y prohibidas por nuestra santa religión....» Y, en fin, Quevedo, en el soneto referente a una hechicera antigua, que deja sus herramientas a otra reciente (Musa VI):
«Esta redoma rebosando babas, el cedazo que sabe hacer corvetas, estas que se metieron a profetas, con poco miramiento, siendo habas....»
Ahora bien, ¿quiere el lector ver qué corvetas eran las que sabía hacer el cedazo de la vieja de Quevedo? Pues sin ninguna clase de hechicería nos lo va a revelar María López, que era vecina de Malagón por los años de 1625; la cual, dando su declaración en causa contra Ana Hernández (Inquisición de Toledo, legajo 88, núm. 117), manifestó que esta Ana le pidió un cedazo y unas tijeras, y preguntándole para qué los quería, dijo que tenía un mozo en Almagro y deseaba saber si la esperaba o si había de venir; «y tomó las tisseras y las hincó en el aro del çedazo la una punta, asiendo en la mano el anillo de la misma punta de la tissera, y la otra tissera puesta en cruz, colgando el çedazo dellas, y diciendo unas palabras que esta declarante no entendió, anduvo el çedazo muy reçio a la redonda, y le dixo la susodicha: «Yo me voy mañana, que me esperan»; y quando no era ansi lo que quería, se estaba quedo el çedazo».
Las palabras que María López no había entendido eran el conjuro propio del sortilegio. Tengo hasta cuatro o cinco versiones de él, halladas en otros tantos procesos inquisitoriales; pero las dejo a un lado, prefiriendo una recogida de la tradición oral en nuestros días, de boca de ciertos gitanos errantes, por mi buen amigo don Pedro Díaz Cassou, excelente folklorista murciano, con el nombre de Orasión der seaso. Dice así:
«San Simón, suerte quiero arcansá, que me digas la berdá, las tijeras están agarrás; en er seaso están clavás; personas que reselo boy a nombrá; que ande er seaso si la sospecha es berdá. San Simón que lo sabe lo declarará. Entro y consiento en er pauto creminá.»
¿Está ahora bien claro que andar el cedazo y adivinar por tela de cedazo son dos cosas distintas, aunque el cedazo sea un solo cedazo verdadero?