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El Diablo Cojuelo

Note 486 — TRANCO VIII

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Visto que el Diccionario de la Academia sólo dice que echar las habas es «hacer hechizos o sortilegios», el señor Bonilla ha reparado muy justamente: «Pero claro es que los hechizos o sortilegios se podían hacer de muchas maneras, y una de ellas era echando las habas.» Y esto advertido, cita dos versos de Quevedo, que dicen:

«En mi vida eché las habas; antes me echaba a mí propia»,

y con ellos da por terminada su nota. Nos quedamos, por tanto, sin saber qué era echar las habas, aun después de ver bien rectificada la definición de la Academia.

Echemos las habas: quiero decir, veamos cómo y para qué se echaban, aunque esta nota exceda de la extensión que de ordinario tienen las del presente libro. Y para lograr bien nuestro propósito, tomemos por maestras a las mismas gitanas que poco antes del año 1633 (tiempo en que ya la Rufina María del texto practicaba esas habilidades) tenían por discípula, en la villa y corte de Madrid, a doña Antonia Mexía, la cual, pesarosa, después, de su aprendizaje, se denunció al Tribunal del Santo Oficio (Archivo Histórico Nacional, Inquisición de Toledo, legajo 91 de causas, número 176), manifestando, entre otras cosas: «Que las dichas gitanas le enseñaron la suerte de las habas en esta manera...: que tomase nueue hauas, un poco de carbon, un grano de sal, un poco de çera, un ochauo, un poco de piedra lumbre, un poco de açufre, un poco de pan, un poco de paño colorado, un poco de paño açul, y que las dos de las hauas las señalase mordiendolas, o las más que quisiese, diciendo este es Juan (su marido), este es Francisco, y esta Catalina, y que si saliese la mordida, que es la persona que se quiere, junto al carbon, significa noche; si junto a la sal, gusto; junto a çera, martelo, que quiere deçir golpe, porraço o cosa semejante; junto al ochauo, que abrá dinero; junto a la piedra alumbre, con lo colorado, sangre; y junto a lo açul, çelos; y junto al açufre, si sale con la sal, oro, y si sale solo, pesadumbre; junto al pan, que abrá comida....»

La sentencia de otro proceso inquisitorial, dictada en 1638, acaso en los mismos días en que Vélez de Guevara revelaba las aficiones hechicerescas de Rufina, nos permite ver en funciones a Isabel Bautista, natural de Sevilla, quizá trianera como la mulata huéspeda del Cojuelo y de don Cleofás (Inquisición de Toledo, legajo 82, núm. 26): «... sacó una bolsilla colorada con unas habas, y las echó, y entre ellas un poco de paño azul, y alumbre, y un poco de carbon, y un medio real, y otro pedazo de grana, diciendo que el paño azul significaba celos, y el alumbre, y el carbón, noche, y el medio real, que les habían de dar plata, y echó vn maravedí, que significaba que les habían de dar cuartos, y el paño de grana, alegría, todo lo qual echó sobre vn paño colorado, y las dichas habas traya a la mano halagándolas «hijitas mias, decid la verdad», y luego las soltaba, y en cayendo las habas las decía: «Rociadas con el rocio del cielo», y hablaba entre dientes, que no se le entendía lo que decía, y volvió a decir: «Vosotras decid la verdad, que la decis más que el Evangelio»; y a la dicha muger le dijo señalando vnas habas: «Este es tu padre, esta eres tú y esta tu madre; ya viene por el camino; muy pronto le verás», señalando entre las habas y las demás cosas el camino que decía por donde venía.» La propia Isabel Bautista había declarado en su confesión «... que era verdad que echó las habas, y que eran nueve pares, todas señaladas cuál era macho y hembra; que echaba además una haba partida y que las palabras que decía entre dientes eran santas y buenas, porque decía:

«Con San Pedro y San Pablo y el apostol Santiago y con el bienaventurado San Cebrian, suertes echasteis en la mar; muertas las echasteis, vivas las sacasteis; así me saqueis vivas y verdaderas estas suertes. Si fulano ha de venir, salga en camino»;

que era hacer camino las habas, apartándose unas de otras, que era que venía la persona que esperaban, y si se juntaban, era que no venía, y si salía el haba junto al carbón, era que venía de noche, y si junto al paño colorado, era alegría, y si junto a la sal, que habían de tener gusto, y si junto al ochavo, que le darían dineros, y si salía el haba junto al haba partida, era ropa que le habían de dar....» También solían echar entre las demás cosas un pedazo de yeso blanco, que significaba dolor, y un cantillo redondo de haba, que representaba a la iglesia. Algunas echadoras de habas, antes de empezar a practicar con ellas, las bautizaban, metiéndolas en las pilas del agua bendita de tres templos, y el conjurarlas antes de echarlas era constante, metiéranlas o no en la boca. Doña Catalina Márquez de Avalos, mujer del capitán Francisco Alonso de la Serna (Madrid), compareciendo a delatarse de su voluntad en 1631 (Inquisición de Toledo, leg. 90, núm. 161), manifestó, entre otras cosas, que decía a las habas, teniéndolas en la boca:

«Hijas amadas, hijas queridas, por el labrador que os sembró, por la tierra en que estuvistes, por San Pedro, por San Pablo, por el apostol Santiago, por el mar, por las arenas, por San Cebrian, que echó suertes en la mar, que ansí como le salieron ciertas y verdaderas, ansí me digáis lo que os quiero preguntar.»

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