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El Diablo Cojuelo

Note 575 — TRANCO IX

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Hoy lo diríamos con más clara sintaxis: «hubiera entre pobres y pobras un paloteado de los diablos». Esta pobrería lisiada y mendigante, por serlo, nunca podría menos de parecerse mucho a la que esbozó Quevedo en su Boda de pordioseros (Musa V):

«...Quando por una calle el Manquillo de Ronda entró, dando chillidos, recogiendo la mosca:

«Denme, nobles cristianos, por tan alta señora, ansí nunca se vean, su bendita limosna.»

Columpiado en muletas y devanado en sogas, Juanazo se venía profesando de horca.

En un carretoncillo, y al cuello unas alforjas, Pallares, con casquete y torcida la boca,

y el Ronquillo a su lado, fingiendo la temblona, cada cual por su acera desataron la prosa,

y levantando el grito, dijeron con voz hosca lo del aire corruto y aquello de la hora.

Con sus llagas postizas, Arenas el de Soria pide para una bula, que eternamente compra.

Romero el estudiante, con sotanilla corta, y con el quidam pauper, los bodegones ronda.

Con niños alquilados, que de continuo lloran a poder de pellizcos, por lastimar las bolsas,

la taimada Gallega, más bellaca que tonta, entró de casa en casa, bribando la gallofa....»

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