Note 564 — TRANCO IX
Reading edition
De la proverbial valentía—o, mejor, valentonería—sevillana dije en el discurso preliminar de mi edición crítica de Rinconete y Cortadillo (pág. 71): «Mas ¡también singular cosa! con esa propensión al ocio coexistían, en los hombres de todas las clases sociales, una altivez y un como orgullo, provenientes en mucha parte de ser hijos de la magnífica ciudad, y aun de solo residir en ella, que solían traducirse, cuando no en actos de ostensible valor, en contiendas verbales llenas de interjecciones, pésetes, mentises e hiperbólicas amenazas, en que ponía lo menos el propósito de hacer daño a nadie, y ponían lo más la exuberancia de fantasía y la facundia retórica que da pródigamente a sus naturales aquella noble y privilegiada tierra.» Y añadí poco después: «Quien lo hereda, no lo hurta, y como de herencia tenían los sevillanos aquel decoro, y aquella noble arrogancia. «Todos, hasta los niños—escribía el bachiller Luis de Peraza, cabalmente hacia el año referido (1540)—, presumen de hombres, y andan con sus «espadicas» a los lados, y aun se las pegan a las veces con «el diablo». Con razón, pues, decía Castillo Solórzano en La Garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas, capítulo III: «... demás desto era un poco dado a la valentía, cosa en que pecan todos los más hijos de Sevilla que se crían libres como este que decimos». No había, pues, de ser una excepción de la regla la pobrería hispalense.