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El Diablo Cojuelo

Note 23 — PRÓLOGO

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A fines del año 1851 un señor Pianitzky, pensando en traducir al ruso El Diablo Cojuelo, pidió explicaciones a la Academia Española acerca de ciertas dudas que se le habían ofrecido. Dado encargo al académico don Agustín Durán para que respondiese, este señor, por abril del año siguiente, dió cuenta de haberlo cumplido, en la medida de sus fuerzas. Pero ¡cómo lo cumplió, Dios santo! Hago gracia al lector de los demás trámites de aquel desdichado asunto: baste decir, para que los manes de Durán no se irriten demasiado, que en aquella ocasión durmió Homero a pierna suelta, y durmieron con él cuantos pusieron las manos, o formulariamente hicieron que las ponían, que es lo más probable, en las empecatadas ilustraciones de Durán. Aquella larga serie de lamentables yerros, que el lector curioso puede examinar en el departamento de manuscritos de la Biblioteca Nacional (Ms. 13881)—pues a ella fueron a parar, con la del, por otra parte, meritísimo colector de nuestros romances, los borradores de su inverosímil trabajo—, convidaba, ¿qué digo convidaba?, requería a volver por la honra del malparado Vélez, y, en general, por los fueros de nuestro idioma; el señor Bonilla no resistió a tentación tan plausible, y es de justicia reconocer que en mucha parte logró su intento, explicando bien muchas cosas de que Durán no había sabido darse acertada cuenta.

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