Note 134 — IX.
Luis Navarro y Calvo translation
«Dice el Almirante que era tan hermoso todo lo que veía, que no podía cansar los ojos de ver tanta lindeza y los cantos de las aves y pajaritos. Llegó á la boca de un río y entró en un puerto que los ojos otro tal nunca vieron. Las sierras altísimas, de las cuales descendían muchas lindas aguas; estas sierras llenas de pinos y por todo aquello diversísimas y hermosísimas florestas de árboles.
»Andando por el río fué cosa maravillosa ver las arboledas y frescuras y el agua clarísima y las aves y amenidad que dice que le parecía que no quisiera salir de allí. Para hacer relación á los reyes de las cosas que veían, no bastaran mil lenguas á referirlo, ni su mano para escribir, que le parecía que estaba encantado. La hermosura de las tierras que vieron, ninguna comparación tienen con la campiña de Córdoba. Estaban todos los árboles verdes y llenos de fruta, y las hierbas todas floridas y muy altas; los aires eran como en Abril en Castilla, cantaba el ruiseñor como en España, que era la mayor dulzura del mundo. Las noches cantaban otros pajaritos suavemente; los grillos y ranas se oían muchas.
»La isla Juana (Cuba) tiene montañas que parece que llegan al cielo: la bañan por todas partes muchos copiosos y saludables ríos..... Todas estas tierras presentan varias perspectivas llenas de mucha diversidad de árboles de inmensa elevación, con hojas tan reverdecidas y brillantes cual suelen estar en España en el mes de Mayo; unos colmados de flores, otros cargados de frutos, ofrecían todos la mayor hermosura y proporción del estado en que se hallaban. Hay siete ú ocho variedades de palmas, superiores á las nuestras en su belleza y altura; hay pinos admirables, campos y prados vastísimos.....» Debo observar que estas frases de admiración con tanta frecuencia repetidas, revelan vivo sentimiento de las bellezas de la naturaleza, puesto que sólo se trata aquí de sombra y follaje; no de esos indicios de metales preciosos cuya enumeración podía tener por objeto dar importancia á las tierras nuevamente descubiertas.
Añadiré otro párrafo de estilo franco y enérgico, tomado de la Lettera rarissima de Colón (7 de Julio de 1503), y que contrasta con las escenas tranquilas y campestres cuya descripción acabamos de ver, y que sin duda han perdido mucha brillantez en el extracto de Las Casas:
«Detúveme quince días en el puerto del Retrete, que así lo quiso el cruel tiempo (de mar). Llegado con cuatro leguas revino la tormenta, y me fatigó tanto á tanto, que ya no sabía de mi parte. Allí se me refrescó del mal la llaga; nueve días anduve perdido, sin esperanza de vida: ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma: el viento no era para ir adelante, ni daba lugar para correr hacia algún cabo. Allí me detenía en aquella mar fecha sangre, herviendo como caldera por gran fuego. El cielo jamás fué visto tan espantoso; un día con la noche ardió como forno; y así echaba la llama con los rayos que todos creíamos que me habían de fundir los navíos. En todo este tiempo jamás cesó agua del cielo, y no para decir que llovía, salvo que resegundaba otro diluvio. La gente estaba ya tan molida, que deseaban la muerte para salir de tantos martirios. Los navíos estaban sin anclas, abiertos y sin velas.»
He aquí un cuadro de tempestad como los que se leen en nuestras novelas marítimas y, sin embargo, el pintor no es novelista. Habiendo surcado durante más de cuarenta años los mares desde las costas de Guinea hasta Islandia y el Yucatán, no confundía un tiempo duro con una verdadera tempestad.