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Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 2

Note 61 — V.

Luis Navarro y Calvo translation

Avieno (Poetæ, lat. min., t. V, P. III, pág. 1187, edición Wernsd) tenía á la vista, como lo dice él mismo (Ora mar., v. 412), periplos púnicos. Hablando del viaje que hizo Himilcón durante cuatro meses hacia el N. y el NO., dice:

Sic nulla late flabra propellunt ratem, Sic segnis humor æquoris pigri stupet Adjicit et illud, plurimum inter gurgites, Exstare fucum, et sæpe virgulti vice Retinere puppim.

Estos bancos de fucus están situados al N. hacía Ierné:

Hæc inter undas multa cespitem jacit, Eamque late gens Hibernorum colit.

Theofrasto distingue muy bien el fucus del litoral del fucus de alta mar. Aristóteles, en las Meteorológicas, insiste en la ausencia del viento, idea sistemática muy generalizada y verdaderamente extraña tratándose de un mar tan frecuentemente agitado como lo es el que media entre Gades y las Islas Afortunadas, de una región que no es por cierto el golfo de las Damas de los pilotos castellanos. He aquí lo que el Stagirita añade después de haber disertado acerca de la relación que supone existir entre la dirección de las corrientes y el declive del fondo del mar: τὰ δ’ ἔξω στηλῶν βραχέα μὲν διὰ τὸν πηλόν, ἄπνοα δ’ ἐστὶν ὡς ἔν κοίλῳ θαλάττης οὔσης. El poeta orphico (Argonaut., V, 1.107, edic. Lips., 1818), al cantar los trabajos de los Argonautas que, llegados á las regiones del Norte, viéronse precisados á arrastrar el buque Argos con cuerdas, añade que un aire impetuoso no levanta allí más que su aliento un mar privado de vientos de tempestad; que la ola, último límite del imperio de Thetys, es muda bajo el helado carro de la Osa. «Las razas hiperbóreas llaman (v. 1.085) á estas aguas el Mar Muerto» (Voy., t. I, pág. 196 y siguientes). La astucia de los fenicios, el deseo de un pueblo comercial de apartar á sus rivales de toda navegación más allá de las Columnas, ¿fueron acaso los motivos de propagar estas ilusiones de la falta absoluta de tempestades? ¿O la calma que reina en las regiones boreales durante las grandes nieblas (el pulmón marino de Pytheas, Strabón, II, pág. 104 Cas.), y la idea que los obstáculos que el fucus opone al movimiento de las olas influyeron en las creencias populares? Rutilio (Itinerar., lib. I, v. 537, Poët. lat. min., volumen IV, pág. 151) describe «las algas que ante el puerto de Pisa amortiguaban las olas», y Avieno (Ora marit., v. 406) extiende este fenómeno á todo el Atlántico:

Plerumque porro tenue tenditur salum, Ut vix arenas subjacentes occulat, Exuperat autem gurgitem fucus frequens, Atque impeditur æstur hic uligine.

Marinos que casi siempre andaban costeando debían dar grande importancia á cuanto tiene relación con el fucus. Mister Ideler, hijo, cita en su sabio comentario á las Meteorológicas (t. I, pág. 505) un pasaje de Jornandes (Muratori, Rerum Ital. Script., t. I, pág. 191) casi enteramente inadvertido hasta ahora (Bekmann, in Arist. Mirab. ausc., pág 307) y que revela la filiación de ideas de la antigüedad y de la Edad Media, de que hablo con frecuencia en mis investigaciones. «Oceani vero intransmeabiles ulteriores fines non solum non describere quis aggressus est, verum etiam nec cuiquam licuit transfretare; quia resistente ulva ei ventorum spiramine quiescente, impermeabiles esse sentiantur et nulli cogniti, nisi soli ei qui eos constituit.»

La abundancia de fucus y escollos, y la ausencia de viento, son los tres aspectos que caractarizan en todas las descripciones del Océano Atlántico, el Mar Tenebroso de los árabes.

Si fuera probable que la navegación de los fenicios llegó á la región de los vientos alisios y al gran banco de fucus flotante al Oeste de las Azores, la filiación de estas narraciones de geografía física debería buscarse en apartadas regiones, y la destrucción de la Atlántida, que dejó el mar «cenagoso é impropio para la navegación» (Platón en el Timeo, t. IX, pág. 296) serviría para completar estas temerosas explicaciones.

En algún tiempo cometí el error de dejarme seducir por ellas (Tableaux de la Nature, segunda edición, t. I, pág. 100, y Rélation historique, t. I, pág. 204). La geografía positiva, más temeraria y más tímida, busca el origen de las creencias de la antigüedad en los fenómenos físicos, cuyo aspecto debía habitualmente llamar más la atención á los primeros navegantes. Paréceme probable que, puesto que el flujo y reflujo de la mar sólo es sensible en pocos sitios del Mediterráneo, la admiración causada por el aspecto de las grandes mareas en el ánimo de los marinos griegos originó la serie de ideas que hemos apuntado. El reflujo sorprende más donde las costas son bajas y el mar tiene escollos, porque cuando se retiran las olas queda en seco el fondo del mar, presentando abundante vegetación de algas sujeta á regulares variaciones de sequía y humedad. Las Syrtes, tan temidas de los navegantes (Polibio, I, 39), mostraban aún en las costas de África, en el interior de la cuenca mediterránea, fenómenos de mareas en grande escala. ¡Cuánto más fuerte y general no sería la impresión cuando se empezaron á conocer las mareas del Océano más allá de las Columnas de Hércules en las costas de España, de las Galias y de Albión, mareas que excitaron la sagacidad de Posidonio y Athenodoro! Lo que se observaba en el litoral fué aplicado quiméricamente á toda la extensión del Océano Atlántico y de los mares del Norte. La escasa profundidad del Báltico y las inmensas playas de Jutlandia cubiertas por las mareas, pudieron contribuir también á estas ilusiones de geografía sistemática.

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