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Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 2

Note 36 — III.

Luis Navarro y Calvo translation

Sabemos por la famosa carta de Rafael al papa León X, sobre la conservación de los monumentos antiguos, carta que parece escrita por el elocuente é ingenioso Castiglione, que trece años después de la muerte de Colón aun se conocía apenas el empleo de la brújula para tomar las alturas en tierra.

Rafael describe extensamente (Opere di B. Castiglione, 1733, pág. 162) «un método nuevo desconocido en la antigüedad para medir un edificio (debiera haber dicho levantar el plano de un edificio) por medio de la aguja imantada.» En 1522, Pigafetta, en su memorable Tratado de Navegación, enseña cómo se debe corregir la medición de alturas por la declinación; lo que obliga á decir confusamente á Sarmiento en 1579 que, «estando en las cartas marinas diseñadas las costas con arreglo á malas brújulas (por agujas de marear que tienen trocados los aceros quasi una cuarta del punto de la flor de lys), no se podían tomar dichas cartas por buenas.» (Viaje al estrecho de Magallanes, por el capitán Pedro Sarmiento de Gamboa, 1668, página 52.) Navarrete asegura en su Discurso sobre los progresos de la navegación en España, que las primeras cartas de variación magnética las trazó en 1539 Alonso de Santa Cruz, que había dado al emperador Carlos V lecciones de astronomía y de cosmografía; pero, en mi opinión, debe creerse que las cartas que Sebastián Cabot dejó á Guillermo Worthington, y que, por desgracia, han desaparecido, presentaban con mucha anterioridad numerosas indicaciones de variación.

Uno de los objetos del viaje de Gali al Mar del Sur en 1582, fué observar con precisión las declinaciones magnéticas con un nuevo aparato inventado por Juan Jaime (Viaje al estrecho de Fuca, pág. XLVI). Mientras Pedro de Medina (Arte de navegar, Sevilla, 1545, lib. VI, cap. 3-6) expresa muchas dudas acerca de la existencia de la declinación, su contemporáneo Martín Cortés (Breve compendio de la Sphera, impreso en 1556, pero escrito en 1545) explica la distribución de las fuerzas, ó mejor dicho, la dirección de las líneas magnéticas en la superficie del globo por los puntos de atracción, situados cerca de los polos de la tierra. En 1588 Livio Sanuto, que adquirió sus conocimientos de magnetismo terrestre en las relaciones que le hacían de los descubrimientos de Sebastián Cabot, sitúa el polo magnético del N. «en 66° 9′ de latitud y 155° de longitud, según Ptolomeo, es decir, 36° al O. del meridiano de Toledo» (Cosmographia, páginas 11 y 12). En otra parte de su obra, dice Sanuto que Venecia, donde en su tiempo la declinación era de 10° al NE., está alejada 59° ½ de la línea sin declinación que él creía erróneamente dirigida de N. á S. y estar en el meridiano del polo magnético. Se ve, pues, que entonces se suponía este polo demasiado al S. y al E., fijándole en los 42° ó 49° ½ de longitud al O. de París, mientras Mercator lo adelantaba hacia el N. y el O. hasta la latitud de 74° y longitud de 154° E. (Mercator dice 180° al O. de las islas de Cabo Verde), longitud que correspondía al estrecho de Aniam, según creencia de entonces.

Las observaciones del capitán Ross dan para el polo magnético la latitud de 70° 5′ 17ʺ y la longitud de 99° 7′ 9ʺ. Sanuto habla de este polo casi con el mismo entusiasmo que el célebre navegante inglés. «Vería alcum miracoloso stupendo effeto quien tuviera la dicha de llegar al polo magnético», que él llama calamitico, para nombrar así el imán de la tierra.

El P. Acosta, cuyas obras son las que más han contribuído al progreso de una geografía física fundada en observaciones, supo ya en 1589, por un piloto portugués muy hábil, que hay cuatro líneas sin declinación (Hist. nat. de las Indias, lib. I, capítulo 17). De esta idea, y á causa de las discusiones de Enrique Bond (Longitude found, 1676) con Beckborrow, dedujo Halley la teoría de los cuatro polos magnéticos.

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