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Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 2

Note 175 — X.

Luis Navarro y Calvo translation

El mutuo odio que se profesaban Fernando Colón y el historiógrafo Gonzalo Fernández de Oviedo ha sido tanto más perjudicial á la memoria del gran Almirante, cuanto que Oviedo, en sus numerosos escritos, se alaba «de describir, no lo que ha oído, sino lo que ha visto con sus propios ojos». Paje del infante D. Juan, cuya precoz muerte preparó la unión de las dos monarquías española y austriaca, vió durante su larga vida de setenta y nueve años el sitio de Granada, la tentativa de asesinato del fanático Juan de Cañamas contra la persona de Fernando el Católico, la recepción de Cristóbal Colón en Barcelona cuando la vuelta de su primer viaje, y la abdicación de Carlos V. Pasó cuarenta y dos años en América, y atravesó ocho veces el Atlántico. La franca ingenuidad de su estilo da un carácter singular á las obras de su vejez. «Entended, lector, que ha días que (de mi propia y cansada mano) escribo é hablo en estas materias, y no desde ayer, sino sin muelas é dientes me ha puesto tal ejercicio. De las muelas ninguna tengo, y los dientes superiores todos me faltan é ni un pelo en la cabeza é la barba hai que blanco non sea. Paje muchacho fuí llevado, seyendo de doce años, desde el año 1490 á la corte de los Católicos Reyes, é comencé á ver la caballería é nobles é principales varones de España.»

Este curioso párrafo está tomado de la tercera Quincuagena, de Oviedo, que ha quedado manuscrita, y que terminó en Mayo de 1556 (Mem. de la Acad. de la Hist., t. VI, pág. 222). El historiógrafo Oviedo y Las Casas fían demasiado en su memoria y confunden frecuentemente las fechas y los hechos; pero ha sido tal la admirable energía de carácter del obispo de Chiapa que á la edad de setenta y ocho años (en 1552) publicó por primera vez su famoso libro titulado Quæstio de imperatoria vel regia potestate, tratado de política, cuya reimpresión no sería permitida en este siglo XIX en muchas capitales de Europa.

El uso de cierta libertad en la prensa que el Gobierno español permitía entonces á los más altos dignatarios de la Iglesia es muy digno de notarse, y sobre todo llama la atención cuando se recuerda que, casi en la misma época en que Las Casas prueba «que el Rey Católico, para salvar su alma, debe devolver el Perú al sobrino del Inca Guaynacapac» y que las crueldades ejecutadas por el pueblo judío, y relatadas en el Deuteronomio, no deben servir de excusa en las guerras que se intentan contra los naturales de América; otro obispo, el de Orihuela, en su obra dedicada al papa Clemente VIII establece «el derecho de matar por su propia autoridad un hermano ó un hijo heréticos.» (Clemencín, pág. 390.)

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